miércoles, noviembre 25, 2009

Entrevista (I)




"Viernes por la tarde cansada de una semana sedentaria. Es posible. Aunque ni tan sedentaria ni tan productiva, harta de la carrera mal elegida, asqueada de la sombra redonda que proyecto sobre el pavimento. Hambrienta.
En la abstinencia del cigarro llevaba como cuatro días sin fumar y en etapa de ejercicio intenso, a ver si así aumentaban los años que podría vivir si es que un accidente no se topaba nuevamente con mi imprudencia crónica.
Bien. El caso es que comíamos ensalada o algún producto casero con IVA, yo, y mi inseparable amigo homosexual, cerca de la fuente y del otoño. Las hojas caían y es todo lo que puedo decir aunque haya sido bello y no sexual mirar la plenitud con que descendían. Me estoy poniendo insoportablemente poética.  
        - ¿Cómo ves a ese chiquitote? - decía a intervalos mi homosexual, casi gritando y con la boca medio llena de  comida si es que pasaba delante nuestro un galán.        
- Sí, está bueno - contestaba yo, evaluando el rostro, el cabello, la facha, el culo y algún matiz intelectual que le resaltara - ¿tú cómo ves a ese?


 Pus, no es parte del selecto bufete que me permito ingerir - replica con admirable desdén provocando la mejor de mis carcajadas en la semana.
"Comíamos fresas invernales mirando bajar las hojas doradas del país que dejó de ser octubre. Como ancianos en una banca, sólo nos faltaron las palomas y el alpiste. Eso que el gremio bohemio llama vida se tragaba a sí misma sin lastimarnos, sin darnos cuentas de su pasarela.
Viernes, el quincuagésimo de los últimos meses del año, tan tranquilo y atolondrado que daba pena mirar, en el reflejo que me devolvía la fuente, un rostro plácido. Claro que todo eso no se siente de golpe. Uno mientras vive el instante cree que es feliz. Luego viene el volver en el recuerdo (mas éste un tipo de recuerdo saludable)  para notar con prudente sobresalto lo aristocrático de nuestros días.
"Cosas por el estilo pensaba cuando al levantar la barbilla buscando algún llamativo de la naturaleza masculina, le vi, clara y vivaraz acudir en mi auxilio. Con su dentadura de geométricas cuentas me exponía su devoción por noviembre mientras sonriendo, oraba entusiasta a su séquito los criterios que una estudiante sabe tener del tercer mundo. En flor de loto, sus muñecas se entretenían con pedazos de un material cercano a ella, de indumentaria independiente, cubría lo pequeño de sus senos con sudadera de cromática negra.
"No es que pensara directamente en su cuerpo al golpe de la primera mirada, no es que sólo hasta ahora  definiera la tersa piel blanca al imaginarla, no es que de improvisto despertase en mí el carácter físico de una ambisexualidad hasta hoy más bien recatada, era, su inconsciente manera de llamar desde varios metros mi atención con prácticamente nada. Era ella. Sola y básicamente ella viviendo sin reclamar admiradores; sola y básicamente ella sonriendo en un viernes cercano a la fuente, al otoño y a mí.
- ¿Y esa? - 
"Estudiante de psicología de algún semestre intermediario a los primer ingreso y  a los rezagados que discuten la gramática de su tesis con un sinodal, se llamaba Daniela. Era el fenotipo tercermundista de Ellen Page interpretando a Hayley (la niña de los cojones) en Hard Candy: piel blanca, cabello negro y pegado al craneo con un corte más bien masculino, complexión, estatura, quizá coeficiente, y hasta la misma dentadura, puntualizó mi amigo. De una comunidad estudiantil mayoritariamente femenina su bisexualidad me pareció viable. Después de almorzar salimos directo al transporte, en las siguientes semanas no la volví a ver."



- ¿Y luego? ¿Ahí terminó la historia? - 
- No y sí. Terminaron los viernes aristocráticos. Empezaron las faltas a clase, a las comidas familiares en los fines de semana, a la moral. Pongamos que volvió todo a comenzar. -
- ¿Cómo así?
- Las costumbres esas de joderse el cuerpo y dejar que la otro se lo joda. -
- ¿Literalmente? -
- Hubo ocasiones en que sí.


"Con innata regularidad comenzamos con faltar a las últimas clases. Éramos dos pretextos vagoneando en el subterráneo de la ciudad. De extremo a extremo en cualquier línea del metro, compartiendo  en el trayecto planes irrealizables de comunas o viajes sin vuelta. París y su subterráneo eran nuestros destinos favoritos donde a veces nos divisábamos con incomprensible orgullo sobre sus escaleras, drogadas o vagabundas quizá, pero muy juntas. 
"La familia era tema a discutir en noches de puro vino. Remordimientos y cariños nos nacían en aquéllos estados etílicos. Es que mi mamá... me decía ella, contándome los malabares que había  hecho para educar a los hijos. Es que mi papá... decía yo, y la historia bien detrás de su cara de sesenta años  se quedaba en el silencio después del comentario. Tocaba tomar después  de los vasos de unicel que comprábamos cuando eran días de beber. 
"Ni hablar de las tardes en el centro de la ciudad. Las credenciales de falsas estudiantes nos hacían descuentos en los museos de alrededor. Siempre me gustaron más las exposiciones en salas donde los sanitarios eran higiénicos; la culpa parecía anularse si nos abríamos a la cultura.  
"Ni hablar de las cantinas donde por sólo no sé qué suertes salíamos enteras y casi sobrias. 
"Ni hablar, ni hablar, ni hablar."


- No es que me interese más pero, ¿qué pasó con las jodidas?
- Ni hablar.
- ¿Muy buenas?
- Muy tristes más bien.


" Era noviembre nuevamente. La relación se volvió más estrecha, pero no por eso más fiel, a un año de conocernos entre las hojas doradas de la antesala al invierno. Seguíamos siendo los pretextos perfectos para deponer el deber filial y civil; cada una traía ya el alma cansada cuando comenzamos a asistir a los conciertos gratis de la capital. De azotea en azotea hablamos mucho de nunca olvidarnos,  ya que aquel tema asechante de dejar de frecuentarnos era una posibilidad lejana pero viable. Tù sabes. La vida, los hombres, la muerte, los accidentes que cada una pudiera sufrir cuando no estábamos cerca. La probabilidad más alta de sobredosis y muerte severa por consumo indisciplinado de alcohol   la tenía ella. Siempre más audaz y más bonita. Nunca tuve la oportunidad de hacerle ver lo conveniente que es tenerme a un lado en situaciones de dolor, nunca quiso necesitarme."

¿Tú la necesitabas? -
- Hasta la fecha. Siempre son prescindibles los pretextos para mandarlo todo al diablo. -
- Pretextos. ¿Nunca llegaron a más? -
- Nunca. -
- ¿Y si ella regresara? -
- Volvería a ser un pretexto. -
- El chiste es no responder, el chiste es huir entonces. -
- Hasta la fecha. -
- ¿Por qué se fue?
- Mejor pregúntame por qué no se quedó...

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viernes, noviembre 13, 2009

Saca un cigarro.


Oficialmente excentrada, sin saber qué hacer con los pies, las manos y los dedos. Sin saber qué hacer con la boca ni con los genitales. Oficialemnte excentrada, sólo sé fumar y leer los pizarrones de la universidad; escuchar las melopeas vanales de los 90´s en el ipod. Sé caminar hasta la facultad y de regreso, sé sentir el frío y el calor de invierno, sé mirarte caer de borracho.
Me cuentan que polacas es tierra sin dios; me ofrecen una botella de tequila blanco en las áreas verdes de algún donde; oficialmente excentrada rechazo la oferta cuando, una persona dentro de mí, hace no muchos meses, hubiera abierto la boca y, entre otras cosas, las piernas para disfrutar.
Será que no estás tú ni tu boquilla con la que puedo compartir la botella; será que las caminatas vespertinas, los viernes, en busca sólo dios sabe de qué necesidades, eran más atractivas de tu mano. Será tu ausencia la causa de mi madurez involuntaria, sólo puede ser ella la que me tenga excentrada cuando más atención necesito poner a los amigos de mis amigos; si no eres tú no encuentro un tercero que me haya expulsado de mi eje, de mi objetivo o carencia de uno, ya que todo, desde que te fuiste, sigue igual.
No te diré que te extraño ni que esta composición desde su inicio era para ti. Es más, me sirve que estés emborrachándote en la costa y no cerca de la persona vulnerable en mí. Porque sé que lo estás haciendo, cerca del mar y, en las noches de pink floyd, una aguja entra en tu epidermis hasta tocar la vena principal. O en las tardes en las azoteas que tanto gusto nos daban en la vagancia, fumarás cigarro tras cigarro como yo en la capital; de ves en cuando un grumo de hachis caerá en tu garganta y, en los colorados prados de otoño tu imagen de hada en el fango se moverá en la armonía musical. Ya te veo, siempre te veo. Tampoco dejarás pasar la oportunidad de fregarte las paredes de la nariz con cocaína, y si alguna otra sustancia llega a tu negligente conciencia cívica, la aceptaras con un por qué no.
Puede que exagere y que en realidad, del otro lado de la república, seas tú la que me culpa de tu salud y tus buenas nuevas amistades. Hasta hay la posibilidad de que esta descripción se quede corta y las decisiones que te adjudico sean mas bien inocentes.
Toda en ti pienso, con tus variantes y tus azares, con tu brisa marina en la frente, y esa idea de París que me contagias.
Cigarro en mano, la capital está más bien indiferente, sucia, cansada. Los tacones que traigo lastiman la planta de mi pie número tres, cigarro en mano mi amigo contiguo ahuyenta el humo con su muñeca y me habla de sus visiones de escritor. Cigarro en mano sólo de el humo filtrándose por mis labios puedo sentirme orgullosa. Cigarro en mano les miro, a los amigos de mis amigos festejar su viernes insípido e incultural. Uno de ellos orina cerca de un árbol, gritando que a quien se le antoje, no le dará. Cigarro en mano amo sin ser amada. Cigarro en mano me pregunto, por milésima vez en la semana, ¿qué hago aqui?.
Cigarro en mano, el teclear y el maquillar mi desgracia para pronunciarla más, es un acto que me protege de la responsabilidad. ¿Te acuerdas cuando en cualquier museo del la ciudad nos aislábamos? Sigo practicándolo. Sola y mirando, con cigarro en mano, desde el barandal de San Ildefonso, pasar las parejas  abrazados, señalando con sus deditos y su curiosidad las esculturas de Antony Gormley, donde hace poco coloreábamos ambas el Antiguo Colegio. Entre los rincones algún beso extraviado ameritaba la atención en los pasillos.
Ya ves, aquí me tiene el año después a cada nuestras travesuras citadinas: robos, mareos, drogas tiernas en la Tacubaya y en los días más serenos, un café. Ciudad Universitaria es enorme para mi alma. El ruido externo y las risas me inclinan a la reflexión. Contemplativa, en una vida de tranquilidad participo esperando el día en que vuelvas.




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