lunes, noviembre 09, 2009

Interludio.




Tengo un vicio, y es que no me gusta estar en tiempo real.
Eso no sucede siempre, hay ocasiones en las que mi atención se expande recreativamente.
Esta madrugada estuve en vela, nunca duermo con la puerta abierta, por terrible miedo a los duendes del mal; mas hoy, a aquello de las 4:40 am, decidimos, yo y todos mis muñecos de ventrílocuo, esperar al Sueño con la puerta entreabierta.
Lo aguardé, esperanzada en la idea de un mañana que ya me había alcanzado; temerosa a intervalos de la noche si es que un crujido de madera o conciencia se hacía en la estancia. Por eso no duermo con las puertas abiertas, me recordé cuando, en posición de feto, creí vislumbrar, asomado en el borde de la pared a un hombrecito.
¡Fantasía menina! pensé cerca de setenta veces.
La vejiga estaba quieta, ni rastro de hambre en el espacio del cerebro encargado de esas funciones. No habían razones fisiológicas para saltar de la cama al baño, enceder  las luces de toda habitación disponible a mi temblorosa desesperación y ocultarme en un rincón escuchando ruidos de choferes.
¡Terrible noche de madrugada! ¡Malditas cafias! El miedo presiona con sus flechas por distintas direcciones. Miedo irracional miedo irracional miedo irracional, ya mi única oración a repetir a las 4:50 de la mañana. Y el sol y el sueño retrasados; y yo, confidente de aquél tercero que duerme en otra recámara, invadido de mareos etílicos con reproches de su triste pasado.
Pasado, agujero al que a voluntad descendemos en busca de sustitutas alegrías o peligrosos motivos para tomar la maldita botella que un puto mundo frívolo nos vende.
El arte la vende.
Brandy la vende.
Los amigos, sobre todo los amigos, la venden.
La familia la vende.
El pasado la promociona a 2 x 1 tu degracia.
El difunto Neal Cassady la vende.
En ocasiones, me ha tocado, los profesores la venden
Dios, el mayor distribuidor, te la vende si es que dejas de pactar con él.
Cinco en punto, mi redentor está atravesando la cortina con la luz eléctrica de mi vecino; se acaban los pensamientos continuos, los parpados se desvanecen sin resistencia, la comisura de mis labios se abre, es ya la única razón de conciencia en esta sala, donde la noche, la música y su pasado me atan al miedo noctámbulo de mi tercero. 
Ya ves, el día no amanece, Polaco Goyeneche, cantáme un tango más...




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