Nostalgia

Ya no son horas para que yo esté fuera de casa. Tirandote juicios satíricos. No nos ponemos bien en acuerdo, si eres tú el que amaneció con un humor vulnerable o si, en el segundo caso, somos yo y mis ojeras acumuladas desde el lunes, las que vienen con el inicio de semana a paso de ánimo imposible. Ya no es julio, ni es verano hace cuatro años. Ya no es el agosto tóxico de hace once meses. Fechas en las que mi única ocupación diaria era andar por la calle o la escuela, chupando cannabis de una pluma. Qué días. A penas una de mi comodín de imágines viene de lejos a recordarme lo osado, yo, no evito ni lo intento, sonreir anchamente. Decir luego, con el tono propio de incongruente orgullo: Qué días. Dime si es que no lo tenía todo. Sustento. Alimento. Agua caliente en las mañanas, agua fría en las tardes, agua tibia en las noches antes de dormir en mi opiacea rítmica. Música. Un manantial de música universal, música ubicuidad, música onmipresente. Mi puente colgante, del que no hacia falta sostenerse de las amarras laterales, en el que no había riesgo de romperte la columna en el acantilado; justo eso era la única guía, un puente colgante que daba círculos sobre sí, como la tierra. Rotación. Qué oportuno concepto. Justo eso era lo que daba mi cabeza, una rotación inservible e infinita, sin órbita.
Pero ya no es inicio de clases hace cuatro, hace tres, dos, un año... aunque en el viento se mueva con pedante vaivén la consecuencia blanca de los árboles; ya no es la primera semana de las clases de bachillerato, aunque mi piel se enrojesca y se hinche por única causa de este sol culpable e inocente. Comezón. En mis piernas, en el pecho, en la espalda. Un ataque de remordimiento, de inquietud por aliviar la urgencia de enterrar mi juego de uñas sobre la sensible piel. Derma que se gasta y se regenera. Derma que envejece y no parece querer sustituirse. Nunca digo esto pero hoy, quisiera fuera clara. Me pesa ser mestiza en verano. Cuando la piel se contamina de los rayos infectos del Sol.
Ya no son horas para que yo esté fuera de casa. Sin rumbo, sin fija necesidad de encontrar coherencia entre lo que me inquieta y lo que me vuela. Recordando. La nostalgia es un síntoma de la enfermedad del pasado.
- Estás muy agresiva - me señalas, como para sacarme del transe del que no eres parte.
- Será... - te contesto, sin motivación de que la respuesta lleve a otra pregunta. Conversación. Lo menos necesario en mi prontuario de fama y saber. - Es la ventaja - continuo sin mirar - de tener que pensar bajo condiciones exactas.
- Tengo sueño, voy a dormir - te despídes, te vas.
Antes me escuchas decirte: Es la ventaja de no tener que pensar.
Pero ya no es inicio de clases hace cuatro, hace tres, dos, un año... aunque en el viento se mueva con pedante vaivén la consecuencia blanca de los árboles; ya no es la primera semana de las clases de bachillerato, aunque mi piel se enrojesca y se hinche por única causa de este sol culpable e inocente. Comezón. En mis piernas, en el pecho, en la espalda. Un ataque de remordimiento, de inquietud por aliviar la urgencia de enterrar mi juego de uñas sobre la sensible piel. Derma que se gasta y se regenera. Derma que envejece y no parece querer sustituirse. Nunca digo esto pero hoy, quisiera fuera clara. Me pesa ser mestiza en verano. Cuando la piel se contamina de los rayos infectos del Sol.
Ya no son horas para que yo esté fuera de casa. Sin rumbo, sin fija necesidad de encontrar coherencia entre lo que me inquieta y lo que me vuela. Recordando. La nostalgia es un síntoma de la enfermedad del pasado.
- Estás muy agresiva - me señalas, como para sacarme del transe del que no eres parte.
- Será... - te contesto, sin motivación de que la respuesta lleve a otra pregunta. Conversación. Lo menos necesario en mi prontuario de fama y saber. - Es la ventaja - continuo sin mirar - de tener que pensar bajo condiciones exactas.
- Tengo sueño, voy a dormir - te despídes, te vas.
Antes me escuchas decirte: Es la ventaja de no tener que pensar.
Etiquetas: Prosa corta.


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