Vivir contigo (1)

Comenzamos el amor desde la noche anterior, con aproximación aseguro que es media hora antes de saltar, a riendas de la madrugada, al nuevo día. Tú y yo en la cama, sin hacer quejidos o gestos que inicien la actividad sexual. Sólo echados, sólo tirados en un suelo de resortes que bien podría ser andén o césped de algún parque. Los ojos abiertos, cada quien recibiendo estrellas o rayos solares, según su predilección, según sus recuerdos. Ignorantes uno del otro, ni tomados por las manos ni haciendo esfuerzo en abrazar las piernas, tal como desconocidos o viejos amigos que repulsan tocarse, tal como uno un fantasma y otro una mente de cuerpo solitario añorando el contacto. Esta noche, quedamos, seré yo la que rehúse entregarse al sueño, no sin antes aprovechar las ventajas de tener un ente imaginario a mi lado.
Comienzo por lo común, te sugiero tocarme, admirarme, besar el cuello, la cintura, lo necesario para darme cuenta de tu presencia. Yo, satisfecha y desdeñosa, volteo mi cuerpo a la orilla de la cama, para subir desde la alfombra hasta el cobertor, un ejemplar viejo de Julio Cortázar. Te entretienes con mi cuerpo mientras yo, repaso con la yema de los dedos, el voluptuoso libro parisiense. Es un ritual o un oficio recurrente, antes de llegar a la página citada, uno debe recorrer con calma y solmene admiración las hojas; una a una, escuchando el sonido al cambiarlas, una a una hasta llegar a la solicitada y revisar desde qué párrafo puedo empezar hablar sobre ti. Entonces leo, de tal manera que ambos nos correspondemos de distinta formas: tu encargo es corpóreo y el mío, por esta noche, como acordamos, es mental. Comienzo con una voz nerviosa, temiendo la equivocación, procurando no desentonar con el ritmo de la estrofa. Tú sigues las líneas orgulloso de ser el protagonista. Mi voz toma confianza, tus manos mi cintura como punto de reposo momentáneo. Entrelazados así, alcanzas a saber las cosas que intuyo de ti y que no pienso, las cosas que con mi percepción no conectan, las cosas que otro dice a través de mi voz. Hoy, París es nuestro escenario, y la fantasmagoría tiene para su relato dos narradores: Cortázar y yo.
Antes de llegar al final del capítulo que te dedico, un sopor indolente viene a censurar mis párpados. Caen y se levantan en menos de un segundo, quieren resistir y quieren entregarse a otro esquema. Se llama cansancio el que interrumpe la velada, no me quedan fuerzas para cerrar el libro, la puerta, la luz. Se rinden mis ojos conmigo, dejando caer la espalda en el espacio donde te encontrabas.

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Etiquetas: Poesía en prosa, vivir contigo


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