lunes, agosto 03, 2009

Semana de bienvenida


Me coloco los audífonos en las orejas, una melodía de Yann Tiersen sobre el piano estimula los sensores de melancolía y depresión otoñal en este cuerpo. Se me vienen a la mente unas coplas de Joaquín Sabina, su cigarrillo maloliente en la boca que emite punzadas de dolor con ayuda de una garganta y unos dientes ya no de calcio, ya no de su naturaleza química: de vodka y whisky sin soda, de cigarrillos, de cocaína. Otra vez ese inconsciente sentimiento de pérdida, de nostalgia prefabricada; un deber mortal para con los vicios, un llamado desde su música y desde un tipo muy especial de literatura a las cantinas. Viejas cantinas, veraniegos bares, clandestinas azoteas que me sostuvieron al caer, que absorbieron el orín, espacios públicos y privados que no volverán a tener privilegio de ver cómo aumenta mi probabilidad de muerte por causa del alcohol.
Lástima, me digo cada que alguien pregunta por mi nueva carrera. Lástima de historias que ya no contaré, lástima de las heridas que ya no tendré en la pierna que me sobrevivió, lástima de los problemas con la familia y quizá con la ley que ya no lamentaré fumando un cigarro de sativa en el césped de la universidad. Lástima.
¿Qué si estoy lista? Estoy. Recorriendo media ciudad en metropolitano, aventando crudamente a las ancianas cuando entro o salgo del vagón; ignorando con ejemplar egoísmo a los indigentes que se acercan a pedirme monedas, diciendo que no tengo, mientras cuento sardónicamente los billetes en su geta; leyendo a Cortázar con pausas en cada transborde, aferrándome a la poca sensibilidad, intentando con la literatura y el piano hacerle más grande y no alejarla demasiado.
Vaya bienvenida que me han dado. Tres horas de examen, del cual 70 % he olvidado o nunca aprendí; un jeringazo en cada brazo para prevenir enfermedad; inspecciones bucales que detesto; examen de la vista, nuevamente examen de la vista que me dice lo ciega que paulatinamente me vuelvo, una recomendación para evitar adicciones y sexo sin condón. Pienso en el Chojin. Escondo mi cabeza en la boina, dos chicharos de color rosa se insertan en los oídos, transmitiendo por segundo uno de sus temas. Para evitar la tensión, para soportar la espera, para ignorar al ñoño de mi izquierda que tiene cara de querer hacer amigos, para atraer reprendas de la autoridad, para que me exijan atención, para quedarme lo mismo sorda que ciega, para escapar.
Las jeringas me traen a la mente no la salud, sino los recuerdos de Mark Renton, antihéroe de Edimburgo, protagonista de un film motivador, en el momento justo, después de su reactivación en el mundo de la heroína y el sida, en que dice: Soy negativo, es oficial.

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