Justificaciones...
Da gusto que afuera llueva. Un gorgoteo comienza despacio, precedido por las nubes solemnes. Veánlas, en verdad son graves y tienen caracter al presentarse en la ventana. Anuncian truenos, chapoteos, fríos, ventarrones pero no pierden serenidad. No dejan de tratar el tema del clima sobre la tierra con respeto. Qué va. Me estoy poniendo corriente, hablando de la lluvia como los seudopoetas que se dedican sólo a rimar.
Los cementos con que está construída la ciudad se humedecen, las ventanas se llenan de puntos transparentes que escurren. Revientan en el cristal y dan ganas de escuchar una música inteligente que acompañe el observar las gotas. Ni hablemos del ruido constante, ese repiquetear seco en el alféizar; lo que resbala por las paredes y trae un olor a humedad de pradera.
No hayo una justificación para deslizarme del deber y escribir tiernas anécdotas ahora que la lluvia ha parado. Iba a describir su sonido reatificante, su sensación en la piel requemeda, su ceguera en las pestañas y su sorpresa cuando uno sale del transporte público y mira los prados adyacentes absorviendo el regalo. Pero en fin, ha parado. Dejando el sonido de las ambulancias cruzando mi avenida mojada. Basta abrir la ventana y respirar.
Toco tu boca el tiempo suficiente para recrear los ritos de Cortázar con un dedo toco el borde de tu boca sin obedecer realmente un impulso que me imponga acariciarla; basta redondearla tres minutos, cuento un tiempo subjetivo que avanza más rápido que los segundos, como el tic tac de mi reloj cuadrado que acompasa las noches en que trato de dormir odiándote. Se sienten más finos, tus labios, y más delgados desde el contacto con mi yema. ¿Cambiará el grosor con la saliva y los ojos cerrados? Decido terminar el falso preludio, el plagio ontológico de una de mis narraciones preferidas; entonces acerco, más bien resignada, mi boca en breve contacto con la mencionada; Te estaba esperando, me dices sin hablarlo. La lucha se recrea.
Los cementos con que está construída la ciudad se humedecen, las ventanas se llenan de puntos transparentes que escurren. Revientan en el cristal y dan ganas de escuchar una música inteligente que acompañe el observar las gotas. Ni hablemos del ruido constante, ese repiquetear seco en el alféizar; lo que resbala por las paredes y trae un olor a humedad de pradera.
No hayo una justificación para deslizarme del deber y escribir tiernas anécdotas ahora que la lluvia ha parado. Iba a describir su sonido reatificante, su sensación en la piel requemeda, su ceguera en las pestañas y su sorpresa cuando uno sale del transporte público y mira los prados adyacentes absorviendo el regalo. Pero en fin, ha parado. Dejando el sonido de las ambulancias cruzando mi avenida mojada. Basta abrir la ventana y respirar.
Toco tu boca el tiempo suficiente para recrear los ritos de Cortázar con un dedo toco el borde de tu boca sin obedecer realmente un impulso que me imponga acariciarla; basta redondearla tres minutos, cuento un tiempo subjetivo que avanza más rápido que los segundos, como el tic tac de mi reloj cuadrado que acompasa las noches en que trato de dormir odiándote. Se sienten más finos, tus labios, y más delgados desde el contacto con mi yema. ¿Cambiará el grosor con la saliva y los ojos cerrados? Decido terminar el falso preludio, el plagio ontológico de una de mis narraciones preferidas; entonces acerco, más bien resignada, mi boca en breve contacto con la mencionada; Te estaba esperando, me dices sin hablarlo. La lucha se recrea.
Etiquetas: Etopeyas


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