jueves, mayo 14, 2009

Muestras.


Hago uso de mi máquina de escribir. Usted sabe, para desquitar los pesos que invertí en comprar la cinta que le hacía falta y la dejaba como un cachivache más en mi casa, uno de esos que existe pero no puedo utilizar.
Me parece escuhar a una mujer llorar algunos pisos debajo de mi apartamento de soltera imaginaria. Y eso qué, sería la pregunta obvia de los que conocen mi indolente vecindad, premisa comprobada si les agregó mi desconocimiento total de la autora de los sollozos reprimidos. Pienso en ella como un buen recurso poético para el estreno de mi cinta de máquina de escribir, la que, reiteradamente, me costó dos veintenas de pesos, ganados en un tianguis de Tacuba, vendiendo paletas, congeladas y todo caramelo en hielo, atracción de los paisanitos, tal como los llamaría mi pintoresca tía, la mujer de cincuenta años, víctima de cáncer y en algunos meses más tarde de un ataúd o del abuso de la morfina.
Me duele escribir esto, con impío sarcasmo noctámbulo. Me duele mi impertérrita costumbre de utilizar sucesos tristes, sucesos decadentes como el sollozo de la vecina, como el cáncer de mi familiar para demostrarle a un público sádico (que justifica el uso del amarillismo como prueba de la necesidad del arte) que yo tengo vela en el entierro de la literatura. Me duele más la represión de la evacuación de excremento, sólo para demostarme a mí, nuevamente a ustedes, que soy fiel, que soy constante, que soy artista.



Una colilla más al precipicio incógnito de mi vecino. Una muestra más de que poco o nada me interesa el bienestar de mi comunidad del INVI. De una cosa estoy segura, eso no me duele.
Muestra. Todos con el mundo están constantes intentando demostar algo. Demostrar bondad, demostrar maldad, como los maras en Guatemala. Mostrar pasión, mostrar placer igual que la misma u otra vecina está caturreando para ella y su pareja (eso cree) lo erótico en el acto de amar. Lo animal, lo rico, lo inaguantablemente triste o lo justamente doloroso. El dolor que da placer. De nuevo el sadismo como justificación de tantas acciones.
Gime como niña o, será, que es realmente una niña lamentándose, como le es posible a su voz, de los golpes que presta su padre en el nombre de la educación, demostrando autoridad, poder.
En un período de influencia romántico-vulgar digo tu nombre, haciéndolo parecer un susurro. Al aire, acompañado de un suspiro corto y desganado, mostrando con ésto una agonía amorosa. No para ti, ya que no escuchas. No para mí, ya que no me la creo; es, para la conciencia popular. Soy su esclava mental. Ni modo, aquí me tocó vivir; así me tocó pensar.
La ventana, el incienso, el cigarro y yo.
Conjurados, amalgama nocturnina que piensa en ti sin dejar de teclear tu destino. Mi suerte necesita de tu suerte. Una frase entre cantos dolorosos llega a mi recámara. Con la cortina corrida, dejando huir el atisbo de desobediencia. Atisbo juvenil de un enfrentamiento con el padre, atisbo único testigo de mi devoción renovable a ti. Atisbo presa fácil de la cultura popular. Atisbo que no piensa más que con canciones o palabras comunes, atisbo atisbo de la plebe, del vulgo, de la prole violenta. Atisbo que ya canta en el aféizar de la ventana de mi vecino. Atisbo que ya no es mío. Atisbo humarela de una persona desacreditadamente enamorada. Atisbo mañana tuyo. Atisbo que lleva invisible una apología. Atisbo No Fue Mi Culpa, atisbo Todo Doy Por Ti. Atisbo neutro, atisbo gramatical. Atisbo de un cigarro y de mi amor.




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1 Comentarios:

Anonymous El Araño dijo...

...recuerdo con nostalgia aquellos tiempos en los que mi mejor amiga en cuanto a trabajos escolares se apellidaba Smith Corona en lugar de Hewlett Packard.

12:25 a.m.  

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